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BREVE HISTORIA DE SAN BERNARDO (2)

 

Es comprensible que San Bernardo, cuando llamó su atención sobre semejantes teorías, se levantase contra ellas con fuerza, incluso con un cierto arrebato, y también que reprochase amargamente a su autor el haber enseñado que la fe no era más que una simple opinión. La controversia entre estos dos hombres, tan diferentes, comenzó en entrevistas particulares, teniendo pronto una inmensa resonancia en las escuelas y monasterios. Abelardo, confiando en su habilidad para mantener su razonamiento, pidió al arzobispo de Sens reunir un concilio ante el cual se justificaría públicamente, pues pensaba poder conducir bien la discusión, de tal forma que llevaría la confusión al adversario. Las cosas sucedieron de forma diferente: el abad de Clarivaux, en efecto, no concebía el concilio mas que como un tribunal ante el cual el teólogo sospechoso debía comparecer como acusado: en una sesión preparatoria analizó las obras de Abalardo y extrajo las proposiciones más temerarias, de las que dedojo proebas de su heterodoxia; al dia siguiente, al presentarse el autor en el concilio, Bernardo le conminó, tras haber enunciado estas proposiciones, a retractarse o justificarlas. Abelardo, presintiendo desde entonces una condena, no esperó el juicio del concilio y declaró que apalaba a la corte de Roma. No por eso dejó de seguir su curso normal el proceso, así que desde el momento que la condena fue pronunciada, Bernardo escribió a Inocencio II y a los cardenales cartas de una elocuencia brillante de tal modo que, seis semanas mas tarde, la sentencia era confirmada en Roma. Abelardo sólo tenía entonces que someterse; se refugió en Cluny junto a Pedro el Venerable, quien le concertó un encuentro con el abad de Clarivaux, logrando de este modo reconciliarles.

 

El concilio de Sens tovo lugar en 1140. Asimismo Bernardo obtuvo igualmente, en el conciliode Reims, en 1147, la condena de los errores de Gilberto de la Porrée, obispo de Poitiers, concernientes al misterio de la Trinidad. Estos errores se debían a que su autor aplicaba a Dios la distinción real entre esencia y existencia, que no es aplicable más que a los seres creados. Gilberto se retractó entonces sin dificultad. También se le prohibió leer o transcribir su obra antes de que hubiera sido corregida. Fuera de estos puntos particulares que se cuestionaban, su autoridad no fue apagada por lo que su doctrina permaneció gozando de gran crédito en las escuelas durante la Edad Media.

 

Dos años antes de este último asunto, el abad de Clarivaux había tenido la alegría de ver subir al trono pontificio a uno de sus antiguos monjes, Bernardo de Pisa, que adoptó el nombre de Eugenio III y que siempre continuó manteniendo con él las más afectuosas relaciones. Este papa fue quien le encargó, casi desde el comienzo de su pontificado, la predicación de la Segunda Cruzada. Hasta entonces Tierra Santa no había ocupado, al menos en apariencia, mas que un lugar secundario en las preocupaciones de San Bernardo, pero sería sin embargo un error considerar que fue enteramente ajeno a lo que allí sucedía, y la prueba de ello es un hecho sobre el cual, de ordinario, se insiste mucho menos de lo que convendría y por eso queremos llamar la atanción del papel que desempeñó en la constitución de la Orden del Temple, la primera de las órdenes militares por la fecha y por su importancia, que iba a servir de modelo a las demás.

 

Será en 1128, diez años después de su fundación, cuando esta Orden recibió su Regla en el concilio de Troyes, y fue Bernardo quien, en calidad de secretario del concilio, estuvo encargado de redactarla, o al menos de redactar sus orientaciones generales, pues parece que no fue sino un poco más tarde cuando se le llam´para completarla, terminando su redacción definitiva en 1131. Comentó luego esta Regla en el tratado De laude novoe militiae, donde expuso en términos de una magnífica elocuencia la misión y el ideal de la caballería cristiana, a la que él llamaba la Milicia de Dios. Estas relaciones del abad de Clarivaux con la Orden del Temple, que los historiadores modernos no consideran más que como un episodio bastante secundario en su vida, tenían seguramente otra importancia a los hojos de los hombres de la Edad Media.

 

Desde 1145, Luis VII tenía el proyecto de socorres a los principados latinos de Oriente amenazados por el emir de Alepo, pero la oposición de sus consejeros había obligado a retrasar su realización, y la decisión definitiva había sido remitida a una asamblea plenaria que debía celebrarse en Vezèlay durante las fiestas de Pascua del año siguiente. Eugenio III, retenido en Italia por una revolución suscitada en Roma por Arnaldo de Brescia, encarga al abad de Clarivaux el reemplazarlo en esa asamblea. Bernardo, tras haber dado lectura a la bula que invitaba al rey de Francia a la Cruzada, pronunció un discurso que fue, a juzgar por el efecto que produjo, la pieza oratoria mas grande de su vida. Todos los asistentes se precipitaron para recibir la cruz de sus manos. Animado por el éxito, Bernardo recorrió las ciudades y las provincias, predicando por todas partes la cruzada con un celo infatigable; allí donde no podía ir en persona, dirigía cartas no menos elocuentes que sus discursos. Pasó luego a Alemania, donde su predicación tuvo los mismos efectos que en Francia. El emperador Conrado, tras haber resistido algún tiempo, debió ceder a su influencia y enrolarse en la Cruzada. Hacia mediados del año 1147, los ejércitos franceses y alemanes se podían poner en marcha para esta gran expedición que, a pesar de su formidable apariencia, concluiría en un desastre. Las causas del fracaso fueron múltiples; las principales parecen ser la traición de los griegos y la falta de entendimiento entre los jefes de la cruzada, pero algunos buscaron, muy injustamente por lo demás, hacer recaer la responsabilidad sobre el abad de Clarivaux. Este debió de escribir una verdadera apología sobre su conducta, que era al mismo tiempo una justificación de la acción de la Providencia, mostrando que las desgracias sobrevenidas no eran imputables a las faltas de los cristianos y que así "las promesas de Dios permanecían intactas, pues ellas no prescriben conta los derechos de la justicia". Esta apología está contenida en el libro De Considerationen, dirigido a Eugenio III, libro que es como el testamento de San Bernardo y que contiene especialmente sus puntos de vista sobre los deberes del papado. Por otra parte, todos no se dejaron llevar por el desánimo y Suger concibió pronto el proyecto de una nueva cruzada, de la que el mismo abad de Clarivaux debía ser el jefe, pero la juerte del gran ministro de Luis VII detuvo la ejecución de sus planes. San Bernardo moriría poco después, en 1153, testimoniando en sus últimas cartas su preocupación hasta el final por la suerte de Tierra Santa.

 

Si el inmediato fin de la cruzada no había sido alcanzado, ¿se diría por ello que la expedición fue completamente inútil y que los esfuerzos de San Bernardo habían sido desperdiciados?. No lo creemos así, en contra de lo que piensan los historiadores que solo se ocupan de las apariencias exteriores, pues había en estos grandes movimientos de la Edad Media un carácter político y religioso a lavez y unas razones muy profundas, de las que una, la única que quisiéramos resaltar aquí, era el mantener en cristiandad una viva conciencia de unidad. La Cristiandad era idéntica a la civilización occidental, fundada entonces sobre bases esencialmente tradicionales, como lo es en toda civilización normal, y que iba a alcanzar su apogeo en el siglo XIII. La pérdida de este caracter tradicional debía necesariamente seguir a la ruptura de la unidad misma de la Cristiandad. Dicha ruptura, que fue realizada en el dominio religioso por la Reforma, lo fue, en el dominio político por la instauración de las nacionalidades, precedida por la destrucción del régimen feudal, y se puede decir, sobre este último punto de vista que aquél que asestaría los primeros golpes al edificio grandioso de la Cristiandad Medieval fue Felipe el Hermoso, el mismo que, por una coincidencia que no tiene, sin duda, nada de fortuita, destruyó la Orden del temple, atacando directamente la misma obra de San Bernardo.

 

En el curso de sus viajes, San Bernardo apoyó constantemente su predicación en numerosas curaciones milagrosas, que eran para la masa como los signos visibles de su misión, milagros que han sido referidos por testigos oculares, pero él mismo no hablaba de ellos sino en contadas ocasiones. Quizás esta reserva le era impuesta por su exttrema modestia, pero tambien sin duda debido debido a que no les otorgaba mas que una importancia secundaria, considerándolos sólo como una concesión acordada por la misericordia divina a la debilidad de la fe en la mayor parte de los hombres, conforme a la palabra de Cristo: "Bienaventurados los que creerán sin haber visto".

 

Esta actitud estaba en ralación con el desdén que manifestó siempre por todos los medios exteriores y sensibles, tales como la pompa de las ceremonias y la ornamentación de las iglesias; en ocasiones incluso se la ha podido reprochar, con alguna apariencia de verosimilitud, el no tener más más que desprecio por el arte religioso. Los que formulan esta crítica olvidan sin embargo una distinción necesaria, la que él mismo establece entre lo que llama arquitectura episcopal y arquitectura monástica: esta última es sólamente la que debe tener la austeridad que preconiza, puesto que no es más que a los religiosos y a los que siguen el camino de la perfección a quienes prohibe el culto a los ídolos, es decir, a las formas, de las que proclama, por el contrario, su utilidad como medio de educación para los simples y los imperfectos. Si ha protestado contra el abuso de las representaciones desprovistas de significado y solo con valor puramente ornamental, no ha podido desear, como se ha pretendido falsamente, el proscribir el simbolismo del arte arquitectónico, puesto que él mismo, en sus sermones, hacía uso muy frecuente de ellas.

 

la doctrina de San Bernardo es esencialmente mística, es decir que contempla sobre todo las cosas divinas bajo el aspecto del amor, al que sería por otra parte erróneo interpretar en un sentido simplemente afectivo como lo hacen los modernos sicólogos.

 

Como muchos grandes místicos estuvo especialmente atraido por el Cantar de los Cantares, que comentó en numerosos sermones, formando una serie que prosiguió a lo largo de su carrera. Este comentario, que permaneció siempre inacabado, describe todos los grados del amor divino, hasta la paz suprema que el alma alcanza en el éxtasis. El estado del éxtasis, tal como lo comprendió y ciertamente alzanzó, es una especie de muerte para las cosas de este mundo y sus imágenes sensibles, desapareciendo así todo sentimiento natural: todo es puro y espiritual en el alma misma como en su amor. Este misticismo debía naturalmente reflejarse en los rasgos dogmáticos de San Bernardo. El título de una de sus principales obras, De Diligendo Deo, muestra suficientemente en efecto que lugar ocupa el amor, pero nos equivocaríamos si creyéramos que va en detrimento de la verdadera intelectualidad.

 

Si el abad de Clarivaux quiso permanecer siempre distanciado de las vanas sutilezas escolásticas, es porque no tenía ninguna necesidad de los laboriosos artificios de la dialéctica, puesto que resolvía de un solo golpe las cuestiones más arduas porque no procedía mediante una larga serie de operaciones discursivas; lo que los filósofos se esfuerzan en alcanzar por una vía desviada y como a tientas, él lo alcanzaba inmediatamente por medio de la intuición intelectual, sin la cual ninguna metafísica real es posible y fuera de la cual no se puede aprehender más que una sombra de la verdad.

 

Un último rasgo de la fisonomía de San Bernardo, que es esencial señalar aún, es el lugar eminentemente primordial que tiene en su vida y en sus obraas el culto a la Santa Virgen y que ha dado lugar a toda una floración de leyendas que son quizás por lo que ha permanecido más popular. Le gustaba dar a la Santa Virgen el título de Notre Dame (Nuestra Señora), cuyo uso se generalizó en esta época y, sin duda, en gran parte gracias a su influencia. Bernardo era, como se ha dicho, un verdadero "Caballero de María" y la miraba como a su "dama", en el sentido caballeresco del término.

 

Si se hace referencia al papel que jugó el amor en su doctrina, y que desempeñó también bajo formas mas o menos simbólicas en las concepciones propias a las Ordenes de Caballería, se comprenderá fácilmente porqué hemos reseñado al principio sus orígenes familiares. Convertido en monje, permanecería siempre caballero como lo eran todos los de su raza; y, por lo mismo, se puede decir que estaba, de alguna manera, predestinado a desarrollar, como lo hizo en tantas circunstancias, el papel de intermediario, y ser árbitro entre el poder religioso y el poder político, porque había en su persona como una participación en la naturaleza de lo uno y de lo otro, monje y caballero en conjunto, estos dos caracteres eran los de los miembros de la Milicia de Dios, la Orden del Temple. Eran también y, en primer lugar, los del autor de su regla, del gran santo que se ha llamado el último de los Padres de la Iglesia y en quien algunos quieren ver, no sin razón, el prototipo de Galahad, el caballero ideal y sin tacha, el héroe victorioso de la Demanda del Santo Grial."

 

 

  Anotaciones sobre la bibliografia

 

Sin entrar de lleno en la polémica sobre la autenticidad de algunas obras de San Bernardo, lo cierto es que, con independencia de la clarividencia y enormidad intelectual del santo, en algunas ocasiones se le han atribuido miles de escritos, parte de los cuales no parece posible acreditar su firma, debido a circunstancias ajenas a San Bernardo.

 

Como nota discrepante, a continuación extraemos lo que cita Jean Leclercq en su "San Bernardo Monje y Profeta"

 

Cuando Bernardo muere en Claraval, la mañana del 20 de agosto de 1153, el futuro de su obra estaba asegurado, y pesaba también sobre ella la amenaza de la prosperidad... Un mapa del "mundo claravalense", hecho a raíz de la muerte de san Bernardo... alcanzaba a veces la distancia -entonces enorme- de 1.500 kms. y 167 monasterios repartidos en la Europa occidental, llegando hasta Irlanda, Inglaterra, Suecia, Alemania, sur de Italia, Cerdeña, España y Portugal. Setenta y una de estas "hijas, nietas o bisnietas" de Claraval se hallan en Francia, 41 en Inglaterra, y algunos de estos monasterios cuenta hasta 700 miembros...

Por fortuna, sus escritos conservarían su presencia en todas partes. Aún en vida, las copias de sus obras se habían difundido en sus fundaciones y en todas las casas de su filiación, en la Orden, en los monasterios benedictinos, de canónigos regulares premonstratenses, cartujos y en las catedrales.

 

Un mapa de la difusión de los manuscritos bernardianos en el siglo XII muestra que habían llegado más allá del "mundo claravalense", sobre todo en Europa Central, hasta el corazón de Polonia. Renania, Baiera, Austria, poseían numerosos textos, lo mismo que Normandía, el norte de Francia y Bélgica.

 

Estos hechos se explican en parte por los viajes de Bernardo, su actividad, con motivo de la Cruzada, y por sus lejanas ascendencias familiares: su parentesco le unía con señores y prelados que en su mayoría vivían entre el Rin y el Sena, le habían donado tierras para fundar y le habían ofrecido la ocasión de actuar en su territorio.

 

Más de 1.500 manuscritos de obras de Bernardo han sobrevivido a todas las causas de desaparición, y casi la mitad de ellos datan de su mismo siglo; esta cifra tan elevada parece constituir un caso único en la historia literaria.

 

Un detalle curioso es que las copias hechas en Claraval no suelen ser las mejores. Por un lado, era preciso trabajar con rapidez para satisfacer las peticiones que llegaban de todas las filiaciones y de los incontables admiradores; se transcribía sin la debida atención y a veces se corregía añadiendo nuevos errores.

 

Por otra parte, nada más morir Bernardo ya se pensaba en solicitar su canonización, y para obtenerla más fácilmente se tomaron la libertad de modificar el texto con la intención de mejorarlo: un equipo de buenos gramáticos, que carecían del suficiente genio literario, puso manos a la obra.

 

Además se quiso eliminar ciertos pasajes que consideraban -sin motivo- peligrosos para su "reputación de santidad", como el fragmento de la carta 70 donde confiesa un arrebato de cólera.

 

En una palabra: con estas manipulaciones la obra quedó empobrecida y truncada; el "medio ambiente" había actuado de modo similar a como lo haría más tarde la Visitación de Annecy con los escritos de San Francisco de Sales, Port-Royal con los de Pascal y el Carmelo de Lisieux con los de Santa Teresa del Niño Jesús.

 

Hoy, para conseguir un texto genuino de san Bernardo, los mejores testigos hay que buscarlos lo más lejos posible de Claraval: en Inglaterra o en Austria..

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En 1174 se promulgó la bula de canonización...

 

Menos de diez años después de morir Bernardo un abad del monasterio benedictino de Anchin ordenó hacer una recopilación de sus escritos y de los relatos hagiográficos; esta primera edición, completa, se conserva todavía en tres grandes volúmenes en la biblioteca de Douai.

 

La obra del abad de Claraval seguía viviendo. Nicolás de Claraval, antiguo secretario de Bernardo, a quien este mismo tuvo que expulsar por haber abusado de su sello, "había personificado" en cierto sentido a Bernardo, antes de 1159, para complacer al papa Adriano IV, componiendo una colección de sermones, "no como el abad de Claraval los había pronunciado", sino tal como el mismo Nicolás los transcribía...

 

También se le prestan a san Bernardo escritos que no son suyos.

 

Es el caso, en concreto, de distintas obras de sus biógrafos Guillermo de Saint.Thierry y Arnaldo de Bonneval, Drogon de Laon y otros monjes negros, de numerosos autores cistercienses, canónigos regulares y de anónimos todavía sin identificar, pero cuyas producciones -aunque de gran calidad- conocerían una amplia difusión...

 

De este modo, el patronazgo de Bernardo ampara unos escritos inspirados en los suyos, aunque a veces bastante inferiores. Su nombre garantiza el éxito.

 

Su leyenda no cesa de crecer. Hacia 1178, Herberto, un monje de Claraval elegido arzobispo de Cerdeña, compone un "Libro de los milagros de san Bernardo", donde manifiesta más admiración e imaginación que sentido crítico. Idéntica credulidad y el mismo fervor reinan en la "Segunda Vida", escrita por Alano de Auxerre hacia 1170...

En el siglo XIII acaba de tomar cuerpo lo que se ha llamado la "leyenda mariana" de san Bernardo...

 

Dante y Petrarca reservan un lugar preferente a Bernardo en su obra y en su estima, en el siglo XIV... No se esperó a Dante para hacer intervenir a Bernardo en las polémicas doctrinales ocasionadas por los conflictos que enfrentaban a príncipes y papas.

 

En las disputas entre Bonifacio VIII y Felipe el Hermoso, y en otros litigios semejantes con emperadores y reyes, todos acuden a Bernardo, aunque sostengan teorías política contrarias; al leer su obra ven que apoya la autoridad pontificia, y que también le pone límites...

 

Nunca aparecieron tantos pseudo-bernardos, ni se han compuesto y traducido en su nombre tantos apócrifos, como en la época de la "Devoción Moderna" (s.XV).

 

Entonces se creó la imagen que asocia a Bernardo a una devoción sensible para con la humanidad de Cristo...

Con la difusión de la imprenta, la obra auténtica de san Bernardo conoce un nuevo resurgir. Aparecen ediciones incunables, parciales o mezcladas. Pero desde comienzos del siglo XVI se manifiesta un esfuerzo crítico. Se publican compilaciones de obras completas, cuyo texto se pretendía corregir según los ejemplos de Claraval. Se trata de un simple detalle, pero revela un deseo de búsqueda: al menos se quiere recoger todos sus escritos.

En los siglos XVIII y XVIII ... en Portugal se inventan toda clase de documentos -entre ellos muchas cartas atribuidas a san Bernardo y que después pasaron a todas las ediciones- para confirmar que en el siglo XII el abad de Claraval había mantenido relaciones con Alfonso Henriques, primer rey de Portugal, por medio de su hermano, un tal Pedro, del que ahora consta que jamás existió...

 

Había llegado, en efecto, el momento de hacer el discernimiento crítico en todo ese fárrago de textos que circulaban con el nombre de san Bernardo.

 

Mabillon fue el artífice principal de esta hazaña. Estimulado por Dom Lucas de Achéry, consultó a los eruditos de su tiempo -Bona en Roma, y a otros en Flandes-, examinó e hizo coleccionar los manuscritos y preparó así una edición completa, que se imprimió por vez primera en 1667. Los criterios de autenticidad, en su conjunto, son definitivos...

El año 1891 era el octavo centenario del nacimiento de Bernardo. Un cisterciense, el padre Janauschek publicó una amplia "Bibliografía bernardiana", inventariando las 2.761 obras escritas sobre el abad de Claraval desde la aparición de la imprenta...

 

"La teología mística de san Bernardo", aparecida en 1934, y reeditada después en varias lenguas, sigue siendo la mejor obra que se ha escrito sobre el abad de Claraval...

Una nueva "Bibliografía bernardiana", que alcanzaba hasta 1957, anunciaba más de mil publicaciones sobre san Bernardo en los sesenta años precedentes

 

 

 

 

 


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